Cuando se pierde un empleo, no solo se pierde un salario: se pierde una parte de la vida tal como la conocíamos. Es perder una rutina, un lugar al que se pertenecía, una parte de la identidad construida día a día, proyectos, amistades, sueños, seguridad y control. Hay un quiebre interior en la persona. Sin embargo, pocas veces se reconoce como lo que realmente es: un duelo y por lo tanto se invisibiliza, la sociedad no valida lo que la persona estas sintiendo y viviendo y por lo tanto esta vive su duelo de manera silenciosa y muchas veces con vergüenza.
Vivimos en una cultura que empuja a “levantarse rápido”, a buscar soluciones inmediatas, a transformar la pérdida en productividad. Pero el corazón no siempre sigue ese ritmo. Y cuando no se le da espacio al dolor, este suele manifestarse de otras formas: ansiedad por el futuro, culpa, rabia o sensación de injusticia, cansancio profundo y aparecen pensamientos persistentes de fracaso, de incapacidad para encontrar un nuevo empleo, de ser suficiente.
El acompañamiento de un tanatólogo ayuda a expandir la mirada más allá de la pérdida en sí. Es recodar o redescubrir que la persona es más que un puesto, salario o curriculum.El empleo es una parte de la historia, no la historia completa. La persona permanece, con sus capacidades, valores y experiencias intactas, aunque hoy todo parezca incierto.
Que se recomienda en este caso:
Perder un empleo duele. Desordena la vida y sacude certezas. Pero no borra la historia, ni la dignidad, ni la capacidad de volver a empezar cuando el corazón esté listo.
A veces, el primer paso no es avanzar, sino sanar lo que se rompió. Y eso, aunque no siempre se note, ya es un acto profundo de valentía.