¿Alguna te has sentido atrapado/a como si estuvieras en un hoyo, en un túnel oscuro donde no encuentras la salida, la luz?
La oscuridad no solo está afuera; muchas veces también se instala dentro de nosotros. Santa Teresa, para referirse a ese sentimiento tremendo de dolor, lo llamaba “la noche oscura del alma”.
Había una vez una lámpara que iluminaba un pequeño camino cada noche. Un día, la lámpara se apagó. Todos pensaron que la oscuridad vendría para siempre, pero la luz que había compartido no desapareció: las sombras ya sabían el camino, y quienes la habían seguido aprendieron a encender otras lámparas para continuar la senda.
Y eso es precisamente la esperanza, pero no la esperanza ingenua que dice: “Todo saldrá bien” porque niega el problema y espera sin actuar. O la postura de desesperanza de “nada cambiará” “y entonces no se intenta hacer nada.
Pero, hay una esperanza, la crítica que dice “Reconozco la realidad, incluso cuando duele. No puedo controlar todo, pero sí puedo elegir cómo responder.” No ignora lo que está sucediendo, las pérdidas que está teniendo, sino que las integra. No es eliminar el miedo mágicamente sino se aprende a caminar con el. No espera milagros sino construye posibilidades. La esperanza crítica no es optimismo ingenuo ni resignación pasiva. Es una decisión consciente de mirar de frente el sufrimiento, reconocer los recursos personales y comunitarios que permanecen, y participar activamente en la reconstrucción de una vida con sentido.
En tanatología, esta esperanza permite comprender que el duelo no concluye cuando desaparece el dolor, sino cuando la persona descubre que puede seguir viviendo, amando y proyectándose hacia el futuro sin dejar de honrar aquello que perdió.
La esperanza ingenua espera que salga el sol. La esperanza crítica enciende una vela mientras todavía es de noche.
Hace décadas, unos investigadores encontraron un pequeño pueblo Rosetto en Pensilvania donde las personas vivían más y enfermaban menos del corazón. Pensaron que era la alimentación o el clima. Pero descubrieron algo más profundo: las personas no vivían aisladas. Se conocían, se visitaban, se ayudaban y compartían las cargas. Juntas entretejían esperanza. Es importante reconocer que una pena compartida aliviana el dolor. Como tanatóloga estoy convencida que una red de apoyo es fundamental para transitar un duelo y poder integrar la pérdida y resignificarla desde la esperanza.
“La oscuridad no tiene la última palabra. Tampoco el dolor.
La esperanza crítica no nos pide cerrar los ojos ante la realidad; nos invita a abrirlos con valentía para descubrir que, incluso entre las ruinas, todavía existen manos que sostienen, oídos que nos escuchan, caminos que se abren y pequeños hilos con los que podemos volver a tejer nuestra vida. No elegimos muchas de las pérdidas que nos atraviesan, pero sí podemos elegir que ellas no escriban solas el resto de nuestra historia.”