“ENTRE MALABARES Y DUELOS: HISTORIAS DE SER MUJER”

Siempre he admirado la habilidad de los malabaristas para lanzar al aire distintos objetos y casi nunca se les caen.  Esto me recuerda una metáfora: cuentan que en la plaza del pueblo se presentaba un malabarista que lanzaba al aire cinco pelotas de diferentes colores. Un día como cosa extraña se le cayó una, pero él sonrió, la recogió y siguió con su presentación. Una mujer que lo veía le preguntó de su tranquilidad al caerse la pelota y el malabarista le dijo que aprendió que no todas las pelotas son de cristal, algunas son de goma y no se rompen al caer. La mujer se quedó en silencio y pensó para sí misma que ella también hacía malabares, aunque nadie le pagaba por eso. En la mañana lanzaba al aire el desayuno, después el uniforme de los niños, luego el trabajo, las cuentas, la llamada pendiente, la medicina de mamá, la sonrisa obligatoria, y esa tristeza que no sabía dónde guardar.

Nadie la veía practicar. Nadie la veía cansarse. Pero descubrió que algunas cosas eran de goma. Podían caer y no pasaba nada. Pero su salud, su descanso y su corazón… eso sí era de cristal.

La mujer, en muchos momentos de la vida, sostienen roles al mismo tiempo. Algunas han tenido que aprender a reorganizar su vida en medio de cambios inesperados; otras han descubierto nuevas fortalezas a partir de experiencias difíciles. Pero mientras esos malabares se ven desde afuera, hay otra realidad que muchas veces permanece silenciosa e invisible: los duelos que las mujeres atraviesan a lo largo de su vida

Hablar de los duelos en la mujer es abrir un espacio para reconocer experiencias que, aunque frecuentes, pocas veces son reconocidas por la sociedad ya que no hay acompañamiento, rituales, palabras, flores, abrazos, permiso para llorar. Y la mujer la mayoría de veces asume el rol de fuerte, de sostén, de organizadora emocional de la familia. Y ahí comienza a esconderse algo.

Desde la tanatología sabemos que lo que no se llora… se actúa o se enferma. Y muchas mujeres han aprendido a minimizar su propio dolor porque “otros están peor”. Pero el dolor no se compara. Se acompaña.

Hay una narrativa cultural que dice: “La mujer es fuerte.”

Y sí, lo es. Pero fortaleza no significa ausencia de dolor. Ni capacidad infinita de carga.
Ni obligación de silencio. Reconocer un duelo no nos hace débiles.
Nos hace humanas.

Detenerse, reflexionar y compartir lo vivido puede abrir la posibilidad de construir una relación más amable con una misma. Porque, detrás de cada mujer que sostiene muchas cosas al mismo tiempo, hay también una historia que merece ser escuchada y sanada.

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