Envejecer con dignidad: una mirada tanatológica en los cuidados paliativos

Imaginémonos una vela encendida. Esa vela es la vida. No sabemos cuánto durará, pero sí sabemos que en algún momento se apagará. La pregunta no es si se va a apagar… la pregunta es: ¿CÓMO QUEREMOS QUE ESTÉ ESA VELA MIENTRAS SIGUE ENCENDIDA?”

Cuando pensamos en la palabra envejecer, lo primero que suele venirnos a la mente son canas, arrugas o achaques físicos. ¿Qué edad se considera es la de un adulto mayor? En algunos países podrá ser a los 60, otros a los 65, etc. Pero en realidad, envejecer va mucho más allá de lo biológico. Significa transitar cambios en nuestros roles, en nuestras relaciones, en nuestra identidad, en la manera en que nos vemos a nosotros mismos y en cómo sentimos que nos ven los demás.

Ciertamente hay miedos y temores de un hijo al ver a su padre, madre, abuelo/a verlos envejecer y a veces hasta una negación. Y en ese proceso, aparece una palabra clave: dignidad. Pero… ¿Qué es realmente envejecer con dignidad?”

Les invito a que lean detenidamente este relato de un adulto mayor y que conforme la lectura identifique qué emociones surgen en ustedes.

Hay un miedo del que casi nadie habla, pero todas lo llevamos escondido en algún rincón del alma. Un miedo que no se confiesa en voz alta porque parece traerlo más cerca, como si nombrarlo fuera invocarlo. No es miedo a las arrugas, ni al cabello blanco, ni al paso lento. No es miedo al bastón, ni siquiera a la soledad. Es otro miedo.

Ese que aparece cuando imaginas que tu cuerpo, poco a poco, deja de ser tu aliado. Cuando piensas que tal vez un día no podrás levantarte sin ayuda. Que el camino al baño será un reto, no una costumbre. Que lo más simple, prepararte un café, tomar un pincel, abotonarte una blusa se convierta en montaña.

El miedo a depender. A no poder con todo. A necesitar manos que no sean las tuyas para hacer lo que siempre hiciste sola. A veces me despierto con ese pensamiento golpeando suave, como queriendo entrar.

No lo digo en voz alta… por si el silencio lo aleja. Pero ahí está.

¿Qué pasará si un día mi memoria se llena de ausencias? Si olvido nombres, rostros, fechas o incluso me olvido a mí. Si mis manos tiemblan y dejo caer lo que antes sujetaba con firmeza. Y no, no quiero que me miren con lástima.No quiero esa mirada que reduce, que empequeñece. Quiero respeto.

Porque, aunque el cuerpo se apague poco a poco, el alma sigue encendida. Aunque los pasos se hagan cortos, los sueños siguen siendo largos. Aunque las manos tiemblen, las ganas de crear, amar y sentir siguen firmes. Pero duele.

Duele ver cómo, a medida que envejecen, a muchos los tratan como si sobraran. Como si ser viejo fuera sinónimo de estorbo. Como si fueran niños torpes y no adultos llenos de historias y batallas ganadas.Y ese es otro miedo.

No solo depender, sino que te vean como una carga. Que te ayuden, sí, pero desde la impaciencia o la obligación, no desde el amor. Por eso, mientras pueda, me levanto sola. Me preparo mi café.

Me seco las lágrimas sin que nadie lo note. Me abrazo fuerte, recordándome que sigo siendo suficiente. Porque si un día ya no puedo hacerlo por mí, que al menos quien me cuide lo sepa no necesito compasión. No necesito que me hagan sentir menos capaz o menos valiosa. Quiero amor que no duela. Quiero respeto que abrace. Y si llega el momento en que dependa de alguien que esa mano que me sostenga lo haga sin hacerme sentir que pierdo mi dignidad. Porque sí, llegaré a vieja, pero vacía, invisible o incapaz. ¡Jamás!”

Miedo a la enfermedad, PÉRDIDA DE LA SALUD

Miedo a la dependencia, PÉRDIDA A LA AUTONOMÍA

Miedo a la soledad, PÉRDIDA A LA COMPAÑÍA

Miedo económico, PÉRDIDA ECONÓMICA

Miedo de identidad, PÉRDIDA DE SENTIDO DE VIDA

Miedo a la muerte, PÉRDIDA DE LA VIDA

Cada una de esas pérdidas toca nuestro corazón y despierta un proceso de duelo, en una etapa con su propio ritmo, sabiduría y necesidades. “LA DIGNIDAD NO SE PIERDE CON LA ENFERMEDAD O LA EDAD; SE PIERDE CUANDO DEJAMOS DE VER A LA PERSONA.” Regresando a la metáfora de la vela, envejecer con dignidad no significa evitar que la vela se consuma, sino asegurarse de que mientras arde:

Desde la tanatología, envejecer con dignidad implica:

El lema del tanatólogo es “acompañar siempre, aliviar a veces, dañar nunca”.

Los cuidados paliativos, desde la tanatología, son las manos que protegen esa llama,
NO para que dure más a cualquier costo, sino para que alumbre con calma hasta el final. Y esto a través de…

Los cuidados paliativos son una forma concreta de garantizar un envejecimiento digno cuando la vida se vuelve más frágil. No se trata de “esperar la muerte”, sino de cuidar la vida que queda. Y en ese cuidado… la dignidad permanece.
Envejecer con dignidad significa vivir la última etapa de la vida con respeto, autonomía, sentido y cuidado integral.

“Quiero dejarte con algunas preguntas:

PORQUE LA DIGNIDAD AL FINAL DE LA VIDa NO SE IMPROVISA.
SE CONSTRUYE DESDE AHORA.

Compartir: